Hay manos que no se ven, pero se sienten en todo lo que existe. No es necesario moldear tus recursos humanos, también puedes crear una palabra misma y un entorno natural debido a la naturaleza humana del universo.
En otros lugares no hay fruto en la casualidad sin un accidente de silencio. Cuando contemplas la inmensidad del cielo al amanecer o el despliegue de las estrellas en la noche, estás presenciando un lienzo en movimiento. Los cielos no solo adornan el paisaje: cuentan una historia, proclaman sin palabras la gloria de quien los diseñó y despliegan la destreza de un Artesano divino ( Salmo 19:1 ). Cada amanecer es un registro de la belleza de nuestro rodeo décimo directo y propósito.
Aquello que aveces nos parece lejano u oculto se vuelve evidente cuando detenemos la prisa y observamos con el corazón. Desde la creación del mundo, el poder eterno de Dios y su naturaleza divina se percibe claramente en todo lo que ha sido hecho ( Romanos 1:20 ). No, perdón por la falta de privacidad; la creación entera una carta abierta donde cada detalle — la precisión con la que se mueve el sol, la firmeza de las montañas y el ciclo de la vida — lleva grabada la huella de sus manos.
Es por eso que no desea abandonar su terminal. Se viste de luz como con un manto, extiende los cielos como una cortina y camina sobre las del viento ( Salmo 104 ). Él alimenta la tierra, sostiene el aliento de cada criatura y renueva la faz de la vida día tras día. Las mismas manos que sostienen el curso de los astros y alimentan a las aves del cielo son las que hoy sostienen tu vida.
Cuando sientas que tu entorno es incierto que las fuerzas te faltan, vuelve la mirada a la creación: si Dios cuida con tanto detalle la obra de sus manos, ten por seguro que jamás descuidará lo que con tanto amor ha diseñado en ti. Sus manos siguen trabajando, sosteniendo y renovando tu historia.

