Valles de Temor, Cumbres de Gracia: El Verdadero Camino de la Fe

(Te sugiero leer esto con una música suave e instrumental de fondo, con voz tranquila y pausada)

Amado hermano, amada hermana… ¿alguna vez te has detenido a mirar el mapa de tu vida? Si eres honesto contigo mismo, te habrás dado cuenta de que el camino de la fe no es una línea recta de victorias continuas. Seguir a Cristo es una travesía que es, al mismo tiempo, hermosa y temible.

Abrazar la fe es hermoso. Es hermoso experimentar la paz que sobrepasa todo entendimiento, ver la mano de Dios proveyendo en la escasez, y sentir el calor de Su amor cuando el mundo exterior está frío. Esos son los días de sol, las cumbres de la montaña donde es fácil cantar y dar gracias.

Pero no podemos negar la otra parte del diseño. El camino también tiene tramos oscuros. Tramos que dan miedo. Hay noches de incertidumbre donde el silencio de Dios se vuelve pesado, valles de enfermedad, pérdidas que nos parten el alma en dos, o desiertos donde nuestras fuerzas humanas simplemente se agotan. Son las cosas temibles del viaje. Y a menudo, la religión nos ha dicho erróneamente que tener miedo es sinónimo de no tener fe. Nos han enseñado a ponernos una máscara de fortaleza que no es real.

Pero hoy quiero invitarte a reflexionar en esto: Dios no se sorprende de tu temor. Él no se decepciona de ti cuando el camino te asusta.

Hace miles de años, un pueblo entero caminaba por un sendero temible, lleno de amenazas y ruinas. Y en medio de su noche más oscura, el Creador del universo no les dio un mapa para esquivar el peligro, ni les prometió que el camino se volvería plano de repente. Les dio algo mucho mejor. Les dio Su palabra a través del profeta Isaías, diciendo: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia».

Fíjate en el orden de Sus palabras. Dios no te dice: «No temas porque el camino dejará de dar miedo». Él te dice: «No temas, porque yo estoy contigo».

La belleza del viaje cristiano no radica en la ausencia de tormentas, sino en la presencia inquebrantable de Aquel que camina a nuestro lado. Lo temible del camino está ahí para recordarnos que somos frágiles, que no tenemos el control de mañana, y que nuestras fuerzas tienen un límite. Lo temible nos rompe el orgullo. Pero es justamente ahí, en el suelo de nuestra debilidad, donde lo hermoso de la gracia se vuelve real. Dios no te pide que seas fuerte; te pide que te dejes sostener por Su mano justa.

Termino este episodio dejándote una pregunta en el corazón para que la lleves contigo el resto del día, o tal vez el resto de la semana:

¿Qué es eso que hoy te resulta temible en tu caminar? ¿Es una decisión, un problema familiar, el silencio de una oración no respondida, o el miedo al futuro?

Cierra tus ojos por un segundo. Deja de mirar el camino que te asusta y mira a quien te sostiene la mano. No desmayes. Tu Dios sigue siendo el mismo. Él está ahí, en lo hermoso para celebrar contigo, y en lo temible… para recordarte que nunca, jamás, has estado solo.

Que Dios te bendiga.

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