Alzaré mis ojos a los montes
Señor, hoy mi oración no nace de la comodidad, sino de lo profundo de mi necesidad. Con mi voz clamo a ti; con mi voz desahogo mi alma ante tu presencia y delante de ti expongo mi angustia. Cuando el peso de las circunstancias intenta asfixiar mi fe y miro a mi alrededor sin encontrar refugio, recuerdo que mi socorro no depende de los brazos humanos ni de las puertas de este mundo.
Padre, rompo el silencio de mi debilidad y elevo mi clamor hacia tu monte santo. Sé que no respondes con indiferencia; tú escuchas el suspiro del corazón quebrantado y desciendes como un escudo alrededor de mí. Levanto mis manos no porque me sobren las fuerzas, sino porque reconozco que tú eres mi única roca, mi porción en la tierra de los vivientes y el Dios que transforma el lamento en victoria. ¡Escucha mi clamor, oh Dios, porque a ti me entrego por completo!

